El sistema de los objetos

«El sistema de los objetos» II Sistema marginal: La Colección

EL OBJETO PASIÓN

“La afición a coleccionar —dice Maurice Rheims— es una suerte de juego pasional” (La vie étrange des ob- jets, p. 28). En el niño, es el modo más rudimentario de dominio del mundo exterior: colocación, clasificación, manipulación. La fase activa de coleccionamiento parece situarse entre los 7 y los 12 años, en el período de latencia entre la prepubertad y la pubertad. La afición a coleccionar tiende a desaparecer en el momento en que comienza la pubertad, para resurgir a veces inmediatamente después. Más tarde, son los hombres de más de 40 años los que se dejan atrapar por esta pasión. En pocas palabras, es visible por doquier una relación con la circunstancia sexual; la colección se nos manifiesta como una compensación poderosa en ocasión de las fases críticas de la evolución sexual. Es exclusiva siempre de una sexualidad genital activa, pero no la sustituye pura y simplemente. Constituye, por relación a esta última, una regresión hacia la etapa anal, que se traduce en conducta de acumulación, de orden, de retención regresiva, etc. La conducta de coleccionamiento no equivale a una práctica sexual, no apunta a una satisfacción pulsional (como el fetichismo), y sin embargo puede llegar a una satisfacción reaccional no menos intensa. El objeto cobra aquí, por completo, el sentido del objeto amado. “La pasión del objeto nos lleva a considerarlo como una cosa creada por Dios; un coleccionista de huevos de porcelana considera que Dios no creó jamás forma más bella ni más singular, y que la imaginó para dar gusto a los coleccionis- tas…” (M. Rheims, p. 33). “Estoy loco por este objeto”, declaran y, sin excepción, incluso cuando no interviene en esto la perversión fetichista, mantienen en torno a su colección un ambiente de clandestinidad, de secuestro, de secreto y de mentira que tiene todas las características de una relación pecaminosa. Este juego apasionado es lo que hace sublime esta conducta regresiva y justifica la opinión según la cual todo individuo que no colecciona nada no es sino un cretino y un pobre despojo humano.”¹

Así, pues, el coleccionista no es sublime por la naturaleza de los objetos que colecciona (éstos varían según la edad, la profesión, el medio social), sino por su fanatismo. Fanatismo idéntico en el rico aficionado a las miniaturas persas y en el coleccionista de cajas de cerillos. Por esto la distinción que se pretende realizar entre el amateur y el coleccionista, el último de los cuales amaría los objetos en función de su sucesión en una serie, en tanto que el primero lo haría por su encanto diverso y singular, no es decisiva. El goce, de uno y otro, proviene de lo que la posesión juega, por una parte, sobre la singularidad absoluta de cada elemento, que lo hace equivalente de un ser, y en el fondo del sujeto mismo, y por otra parte expresa la posibilidad de la serie, por consiguiente, de la sustitución indefinida y del juego. Quintaesencia cualitativa, manipulación cuantitativa. Si la posesión está constituida por la confusión de los sentidos (del tacto, de la vista), por la intimidad con un objeto privilegiado, está no menos constituida por el buscar, el ordenar, el jugar y el reunir. Y para decirlo de una vez, hay en esto un juicio de harem, cuyo encanto es el de la serie en la intimidad (con un término privilegiado siempre) y de la intimidad en la serie.

El hombre es por excelencia señor de un serrallo secreto en el seno de sus objetos. La relación humana, que es el campo de lo único y de lo conflictivo, nunca permite esta fusión de la singularidad absoluta y de la serie indefinida: de donde viene que sea fuente continua de angustia. El campo de los objetos, por el contrario, que es el de los términos sucesivos y homólogos, nos tranquiliza. Claro está que a costa de una astucia irreal, abstracción y regresión, pero no importa. “El objeto —dice Maurice Rheims— es para el hombre una suerte de perro insensible que recibe las caricias y las devuelve a su manera, o más bien las remite como un espejo fiel no a las imágenes reales, sino a las imágenes deseadas” (p. 50).

¹ El señor Fauron, presidente de los coleccionistas de anillos de puros (revista Liens del Club Français du Livre, mayo de 1964).

BAUDRILLARD, Jean. II Sistema marginal: La Colección. En: El sistema de los objetos. México, siglo veintiuno editores, 2012. Pág. 99-101.

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